CPI (Curioso pero inútil)

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[Libro] Hechos insólitos de la II GM (2007-02)


Título: Hechos insólitos de la 2ª Guerra Mundial
Autor: Jesús Hernández
Tema: Historia bélica
Editorial: Inédita editores (Colección Puzzle)
Páginas: 411
ISBN: 84-89746-04-4
Idioma: Castellano

De Jesús Hernández ya comentamos hace relativamente poco otro libro, también sobre la II Guerra Mundial. Estoy convencido de que tras las cien anécdotas que sacó para el primer libro, le sobró tanto material que vio la oportunidad de hacer un segundo. Y le volvió a salir bien. En este libro nos paseamos por un montón de historias, algunas grotescas, otras hilarantes, y otras realmente curiosas. El libro es entretenidísimo, se lee prácticamente solo y sin esfuerzo, y se aprende por el camino. Poco más se puede pedir a un libro de divulgación histórica. Como ya comentamos en su anterior libro, el autor incluye al final una amplísima bibliografía, lo que se agradece.

Les cuento algunas de las anécdotas que me han llamado especialmente la atención.

— Entre las muchas artimañas que usaron los Aliados para hacer guerra psicológica contra los alemanes, hubo una que me pareció fantástica. En 1940 y 1941, cuando la posibilidad de una invasión alemana por mar a Inglaterra era más que una posibilidad, los ingleses tenían un programa de radio en la BBC en el que su locutor, un inglés que hablaba perfectamenet alemán, se hacía pasar por un alemán exiliado a Londres, descontento por el ascenso del Nazismo. El locutor, Sefton Delmer, retransmitía en alemán, supuestamente con la intención de animar a sus compatriotas en el frente, pero con el verdadero propósito de minar su moral. El programa era un éxito entre los alemanes destacados en Francia. En el programa se enseñaba inglés, para que los alemanes pudieran desenvolverse al llegar a Gran Bretaña. Cuando la invasión parecía más probable, los británicos empezaron a propagar el bulo de que los ingleses habían llenado las costas de defensas que harían arder una inmensa cantidad de combustible sobre el agua, carbonizando así cualquier barco que intentase desembarcar. El programa de radio contribuyó con su granito de arena: El instructor del programa iba enseñando a lo alemanes a pronunciar: “Mi sastre es rico”, “Amo a mi mamá”, “Estamos cruzando el canal”, “Navegamos en una lancha de desembarco”, “No estamos lejos de la playa”, “Yo me quemo, tú te quemas, él se quema…”, “Nuestro capitán de las SS está ardiendo de la cabeza a los pies”…

— Cuando Inglaterra le declaró la guerra a Japón, lo hizo mediante una carta de Churchill al embajador japonés en Londres. La carta terminaba con la frase hecha de cortesía “tengo el honor de ponerme, señor, con todo respeto, a sus órdenes”. A Churchill se le criticó tanto servilismo en la misiva, pero él respondió que “después de todo, si uno tiene que matar a alguien, no cuesta nada ser amable”.

— La tribu birmana de los kachins luchó junto a los aliados para expulsar a los japoneses de Birmania (hoy Myanmar). En un momento dado, al General J. Stillwell se le comunicó en una revista de tropas que los kachins habían matado a 5.447 japoneses. El general hizo un mohín de desprecio ante una cifra tan exacta, y preguntó cómo podían saber en esa tribu atrasada el número exacto de bajas. El jefe de la tribu se acercó, se quitó un collar que llevaba al cuello y dejó caer en una mesa un montón de pequeños discos que iban enhebrados en el collar. Eran orejas japonesas disecadas. — “Divida usted entre dos y tendrá el número de japoneses muertos… señor”.

— Tras el desembarco de Normandía, al internarse los Aliados en el interior de Francia, se establecieron combates en una zona pantanosa. La niebla era persistente y la orientación difícil. El principal problema era coordinar la artillería con la infantería, pues cuando la infantería pedía bombardear una posición, descubría que las balas caían lejos, pues ellos mismos estaban perdidos. En al menos una ocasión, un capitán de pelotón pidió que bombardearan lo que él creía que era su propia posición. Al ver caer los obuses en otro lado, supo orientarse y corrigió el tiro. No se aceptó como método válido, pues la posibilidad del suicidio era no despreciable.

— La que más me gustó: “Kilroy was here”. Esta pintada pudo verse en multitud de sitios, en los frentes europeo, pacífico y africano. Estaba dentro de los búnkeres, en las casas, en los carros enemigos destruidos. Obviamente, un único Kilroy no pudo haber estado en tantos sitios. Los soldados norteamericanos lo ponían en las paredes al tomar una posición alemana o japonesa, para expandir el mito, y en parte para combatir la desesperación de la lucha con un poco de humor. Cuando al llegar a un sitio veían la pintada, se contagiaba el sentido del humor de los que ya habían estado allí, era síntoma de que sus compañeros ya habían pasado, de que estaban en zona amiga.

Esta superpoblación de pintadas de Kilroy causó incluso alguna anécdota digna de figurar aparte. En Londres, en 1944, una señora apareció asesinada en su casa. En la pared del dormitorio alguien (el asesino, seguramente) había pintado “Ha sido Kilroy”. Esto centró la investigación en las tropas norteamericanas destacadas en Londres. Se revisaron todos los expedientes médicos y psicológicos, buscando candidatos para un hecho así. Pero no hubo éxito. La solución era mucho más fácil. Había sido el vecino de arriba de la señora, que se apellidaba, precisamente, Kilroy, y que se sorprendió de que tardaran tanto tiempo en ir a por él cuando había dejado su confesión en la pared.

Tras la guerra, un fabricante de coches convocó un concurso para escubrir al verdadero Kilroy, al que lo había empezado todo. El premio era un coche. Se presentaron unos treinta o cuarenta soldados apellidados Kilroy, pero ninguno pudo dar pruebas de haber comenzado la historia. Parecía que el concurso iba a quedar desierto, cuando el auténtico Kilroy por fin se dio a conocer. Se trataba de Jim Kilroy, y no era soldado. Trabajaba en unos astilleros. Era el encargado de supervisar las planchas de acero con las que luego se harían los barcos y lanchas de desembarco. Al revisar las planchas, marcaba las que valían con tiza. Pero a veces la tiza se borraba, y la plancha se la devolvían para que volviera a revisarla, lo cual era un incordio porque le pagaban por número de planchas revisadas, por lo que perdía dinero por cada marca de tiza que se borrara. Así que decidió escribir con pintura un “Kilroy was here” en cada plancha revisada. Luego, los soldados en las lanchas de desembarco y en los barcos aliados podían ver “Kilroy was here” en muchos lugares del barco, y a partir de ahí comenzó el mito. Propagaron su firma en tierra firme. Kilroy se llevó el coche. El nombre más repetido en los frentes de la IIGM perteneció a un trabajador que nunca salió de los EE.UU.

Mi nota: Muy recomendable.

Música CPI: Tocar el piano con las bolas

Disculpen el título de la entrada, pero es que lo dice el ejecutante al empezar su número y no he encontrado mejor manera de titular :). En nuestra nunca acabada búsqueda de nuevas formas de expresión musical (recordemos al caballero de los patines y las bocinas), hemos encontrado otro hito.

Este tipo es impresionante. Aprendí hace un tiempo a hacer juegos malabares. Dos bolas en una mano son fáciles (y no me sonrían maliciosamente, que les intuyo el chiste guarro). Con tres bolas hago los típicos truquitos de lanzarlas por detrás de la espalda y debajo de la pierna, y cosillas así (ídem a la sonrisa maliciosa). Con bolos o mazas es aún más divertido, y puedo estar indefinidamente con tres bolos, haciendo uno o más giros de cada bolo en cada suelta; he llegado a aguantar medio minuto haciendo malabares con cuatro bolas (el truco está en no cambiarlas de mano, son dos en cada mano que nunca se cruzan).

Para hacer malabares con cinco bolas, sin embargo, dicen los que saben que hace falta un mes como mínimo, y varias horas al día, para empezar a pillarle el tranquillo. Hacer los malabares botando en vez de lanzando hacia arriba es aún más difícil (por lo menos para mí), y tocar el piano a la vez supera ya mis capacidades en varios órdenes de magnitud. El Grand Finale es increíble. Disfruten.


Enlace al vídeo en Zappinternet

Consultorio CPI: Gravitones

Pedro Iñaki nos pregunta (y nos hace partirnos de risa):

Hola genios,

Me postro ante vosotros humildemente, admirado y emocionado de los destellos de saber que día a día nos dejáis compartir. Desde esta entregada postura (bastante incómoda, por cierto), me gustaría consultaros lo siguiente:

Según lo que he leído aquí y allá, la física actual anda buscando rastros de la fuerza causante de la gravedad. He leído incluso que la partícula tiene el nombre de “gravitón”, que a mi me sena a dibujos animados.

Y sin embargo, leo por otros lados que, según la teoría especial de la relatividad, la gravedad no sería más que la distorsión del espacio-tiempo provocada por la presencia masiva de masa (valga la rebuznancia).

Pues eso, que no me cuadra. ¿Es una energía provocada por una energía, o es una distorsión espaciotemporal? Desde luego, no pueden ser ambas cosas…

Esto… ¿me puedo incorporar ya? Es que las rodillas me están matando.

Has llegado al meollo fundamental de la física del s. XXI, Pedro Iñaki. Las dos teorías principales de que disponemos hoy en día (recuérdese que una teoría es algo serio) son la Mecánica Cuántica y la Relatividad General. Y, como bien dices, sabemos que ambas no pueden ser verdaderas a la vez. Lo que ocurre es que los ámbitos de aplicación de las dos son muy distintos, y por eso no hubo colisiones entre ellas. La Gravedad se aplica a enormes masas y distancias, y la cuántica a partículas diminutas. Pero cuando empezamos a investigar el Big Bang, el origen del Universo, tenemos simultáneamente masas gigantescas y distancias ínfimas. Ahí se nos van todas las ecuaciones a tomar viento. Hagamos un breve repaso de cómo hemos llegado hasta aquí.

A principios del siglo pasado se conocían tres fuerzas: La electricidad, el magnetismo y la gravedad. James Clerk Maxwell unificó las dos primeras con sus famosas ecuaciones de Maxwell, de las que ya hablamos aquí en tono CPIero. ¿Y qué es “unificar”? Pues es demostrar (o mostrar) que dos cosas que parecían tan diferentes (¿Qué tiene que ver atraer un tornillo con un imán con la luz del sol?) son en realidad regidas por el mismo conjunto de ecuaciones. En las ecuaciones de Maxwell aparecen campos eléctricos y magnéticos, relacionados entre sí, y dan explicación a muchos fenómenos. Por ejemplo, explican con sencillez por qué al pasar un imán en movimiento cerca de un circuito eléctrico, en éste se crea una corriente.

Así pues, parecía que había dos fuerzas: el electromagnetismo y la gravedad. Pero a principios (y mediados) del s. XX se descubrieron dos fuerzas más: La fuerza nuclear fuerte, que es la responsable de que los protones positivos del núcleo atómico no se vayan a tomar por saco a pesar de su repulsión electromagnética, y la fuerza nuclear débil, responsable de algunas desintegraciones radiactivas.

Volvíamos a tener cuatro fuerzas. Gravedad, Electromagnetismo, Nuclear Fuerte y Nuclear Débil. Los físicos somos seres peculiares, que siempre buscamos la simplicidad para explicar el mundo que nos rodea. ¿Por qué cuatro fuerzas? ¿Por qué no doce, o sólo una? Impulsados por la unificación de Maxwell, los físicos buscaron aspectos comunes del resto de las fuerzas, intentando encontrar una teoría más profunda de la que cada fuerza fuese sólo un aspecto particular (igual que hizo Maxwell). Y ha habido éxitos por el camino, por supuesto. En 1979 se concedió el premio Nobel de Física a Sheldon Lee Glashow, Abdus Salam y Steven Weinberg por demostrar que el electromagnetismo y la fuerza nuclear débil son en realidad aspectos diferentes de una misma fuerza, a la que llamaron “fuerza electrodébil”. Las ecuaciones que hallaron requerían la existencia de partículas aún no conocidas, llamadas bosones W y Z. Cuando estos bosones fueron descubiertos en el CERN, les cayó el Nobel. Actualmente el electromagnetismo y la fuerza nuclear débil son distintas, pero a mayores energías demostraron que son en realidad la misma cosa.

¿Y terminamos aquí nuestro viaje por la unificación de las fuerzas? ¡No! Lo siguiente que se hizo fue unificar la fuerza electrodébil con la fuerza nuclear fuerte. El resultado de esta unificación recibe el aburrido nombre de “modelo estándar”. La parte de la Física cuántica que lo describe se llama “cromodinámica cuántica”, (de cromos, color). EL modelo estándar nos dice que en realidad estas tres fuerzas (nuclear fuerte y débil y electromagnetismo) son tres aspectos de una misma cosa. Sólo a altísimas energías son estas tres fuerzas la misma. Cuando baja la energía se “rompe la simetría”, concepto bastante abstruso que quizás dejemos para otra ocasión, y cada fuerza se manifiesta por separado.

Ya hemos ajuntado (perdón por el tecnicismo) a tres fuerzas de las cuatro que conocemos. ¿Quién falta? La Gravedad, claro está, que se hace la estrecha y no se quiere ajuntar con nadie. Todos los intentos de meter a la gravedad en cintura han fracasado, por ahora. La técnicas habituales que permitieron unificar las anteriores fuerzas chocan irremisiblemente contra el muro de la Gravedad, que provoca infinitos allá donde la metamos en nuestras ecuaciones de unificación.

El modelo estándar funciona, muy por encima, de la siguiente manera: Existen las partículas tal y como las conocemos y existen otras partículas que “transportan” las fuerzas (partículas mediadoras). O sea, que cuando dos electrones se repelen, en realidad lo que han hecho ha sido intercambiar partículas mediadoras de la fuerza electromagnética. Estas mediadoras son, para el electromagnetismo, los fotones, que también conocemos como “luz”. Las mediadoras de la fuerza débil son los bosones W y Z, y las mediadoras de la fuerza nuclear fuerte son los gluones (del inglés glue, pegamento, pues mantienen unidos a los protones en el núcleo). Si queremos meter a la gravedad en el mismo saco, por fuerza debe tener una partícula mediadora de la fuerza gravitatoria. Esta partícula hipotética recibió el nombre de “gravitón”. Gravitón, por cierto, es el mote que recibe un profesor, orondo, de la UCM que enseña(ba) partículas elementales :).

Y en esas estamos. Sabemos que si existe un esquema unificado de todas las fuerzas, la gravedad debe tener una partícula mediadora. Pero no se ha detectado (su interacción con la materia es muuuuuuy débil) y no se ha conseguido integrar en el modelo estándar. Pero todos los físicos, creo, sostienen que debe poder hacerse. Y en ello están.

Hasta el momento, el único cálculo aceptable que mezclara cuántica con gravedad sin explotar lo hizo Stephen Hawking, cuando predijo la pérdida de masa, debida a efectos cuánticos, de los agujeros negros (la famosa “radiación de Hawking”).

Resumiendo: Sabemos que la Relatividad y la cuántica no pueden ser ciertas a la vez. La Relatividad de Einstein es una teoría clásica, que no tiene en cuenta efectos cuánticos. Por tanto, hay que encontrar una gravedad cuántica. Pero no la hemos encontrado aún. O sea, que para los cálculos seguimos usando la Relatividad General de Einstein, que sabemos que falla cuando las distancias empiezan a ser pequeñas.

Otro esquema de unificación, que tiene un enfoque distinto al del modelo estándar, son las Supercuerdas. Pero eso es otra historia y será contada en otro momento.

Actualización En un comentario, Awifredo nos saca de un error y nos ilustra (qué bueno es tener físicos nucleares entre los lectores de CPI. Gracias, Awifredo): […]el bosón de intercambio de la fuerza fuerte (que tú llamas fuerza nuclear fuerte) son los piones, no los quarks (Premio Nobel de Yukawa). Hay que aclarar que la fuerza fuerte la sienten todas las partículas compuestas por quarks, y no hace falta que estén dentro de un núcleo, por eso no nos gusta demasiado la denominación “nuclear fuerte”, preferimos llamarla fuerza fuerte, a secas. Ahora bien, se cree que esta fuerza fuerte es en realidad una fuerza residual de la “Fuerza de Color” que sienten los quarks entre sí y cuyo bosón intercambiador sí que es el GLUON. Y como se llama Fuerza de Color pues por ello lo de la Cromodinámica Cuántica.

Concurso de blogs de 20 minutos

Tenía que pasar. La tentación era demasiado grande :)

CPI participa en el concurso de blogs del periódico 20 minutos en la categoría de “Mejor blog de Ciencia y Medio Ambiente”. Si creen que CPI merece el premio (ojalá), pueden votar aquí. No puede votar todo el mundo (a causa de las protestas del año pasado sobre votos fraudulentos); pero si alguno de ustedes, estimados lectores, tiene un blog inscrito en el concurso, podrá votar a CPI (si quiere, claro está). A partir de mañana pondré un enlace en la barra lateral. Se puede votar una vez al día, todos los días. El plazo final no lo sé, pero supongo que andará por marzo abril (gracias, Shora).

Sobra decir que en CPI nos presentamos porque nos gustaría ganar. Pero si no creen que CPI debe ganar este premio, entonces permítanme unas recomendaciones en orden alfabético (lo cual quiere decir, en otras palabras, que si no gana CPI, al menos que gane uno de ellos :)). Es posible que me deje alguno, pero de los que he visto inscritos estos están entre mis lecturas diarias e irrenunciables. Ustedes deciden, estimados lectores. Y disfruten por el camino. Les doy las gracias a todos por adelantado.

Ciencia de bolsillo

Ciencia y lejos

Gaussianos

Historias de la Ciencia

MalaCiencia

MedTempus

Ocularis

Tubos fluorescentes

Actualización. Corrijo mi metedura de pata. Este artículo debería ser en realidad un Consultorio CPI. Víctor nos mandó esta pregunta hace un tiempo, pero se me pasó moverla a la carpeta de consultorio. No es desprecio, Víctor, es descuido. Ya lo dice la vieja frase: “No atribuyas a la maldad lo que puede explicar la estupidez“. La consulta de Víctor iba centrando el tema:

Comentando con mi novia me dijo que su compañera de piso no quería apagar la luz de la cocina, ya que sostenía que gastaba más si continuamente se apagaba y se encendía…

Esto ya lo he escuchado yo en mi casa (y creo que casi todos en todas las casas), pero… cuanto tiempo compensa? ¿Cómo calcularlo? Si vas a entrar en la cocina en 5 minutos supongo que no hay que apagarla, pero… ¿Y si tardo 30 minutos? ¿Y 1 hora? ¿Y toda la noche? ¿Cómo calculo el coste inicial del “arranque” de la bombilla?

Gracias por anticipado

Pues eso, Víctor, que mis más sinceras disculpas. Va por ti.

Fin de la actualización

El otro día, en Menéame, apareció una noticia que remitía a otra en consumer.es. En ella se dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Si hay que ausentarse de una habitación en la que hay encendido una fluorescente, durante un período de tiempo inferior a 15 ó 20 minutos, no será conveniente apagarla. Esto es así porque éstas lámparas tienen un mayor consumo durante el encendido que el gasto de energía que supone mantenerlas sin apagar en espacios de tiempo cortos.

He oído esta afirmación muchísimas veces. Y siempre me chocaba. Muchísimo. Así que me puse a “investigar”. Y, en efecto, estimados lectores, se trata de una leyenda urbana. Con matices, pero una leyenda urbana. Hay dos aspectos importantes que hay que diferenciar (ruego a mis lectores versados en electrotecnia que me echen una mano si ven que meto la pata. Gracias por adelantado):

1.- “El fluorescente gasta lo mismo durante el encendido que al funcionar durante varios minutos”. Es FALSA
2.- “Si encendemos y apagamos muchas veces el fluorescente, se reducirá su vida útil, y tendremos que cambiarlo antes. Por tanto, encender y apagar poco el fluorescente alarga su vida y nos ahorra dinero”. Es OPINABLE.

1.- Empecemos por la primera. El consumo de un fluorescente, en efecto, es superior durante el encendido que durante el uso normal. Es, como mucho, unas cinco veces superior. O sea, que si tenemos un fluorescente de 15W, durante el encendido podremos gastar unos 75W. Pero la pregunta importante es ¿Cuánto tiempo dura el encendido? ¿Un segundo? ¿Dos segundos? Pues entonces, encender un fluorescente cuesta lo mismo, en términos de energía, que tenerlo encendido 10 segundos. O sea, que si uno se va de la habitación durante menos de 10 segundos, debe dejarlo encendido. Pero si va a estar fuera más de 10 segundos, hay que apagarlo. En el caso de las bombillas fluorescentes, éstas son aún más eficientes que los tubos largos, por lo que este tiempo se reduce aún más (1-2 segundos como máximo en vez de 10, pues las bombillas de bajo consumo se encienden muy rápidamente). Eso en cuanto a consumo energético. La leyenda urbana es flagrante aquí.

2.- Ahora vayamos a por los matices. Es cierto que encender y apagar un fluorescente disminuye su vida útil, ya que se desgasta el cebador, el propio tubo o, en menor medida, otros elementos. Por tanto, si los encendemos y apagamos muchas veces, habrá que cambiarlos antes, lo cual supone gastarse más dinero en comprar unnuevo fluorescente que el dinero consumido por el fluorescente en electricidad al dejarlo encendido. Aquí los cálculos son más difíciles, porque cada fluorescente es distinto. Y, sobre todo, es difícil medir cuánto acorta la vida útil de un fluorescente el mero hecho de encenderlo. Aviso a navegantes, entramos en el terreno de la indefinición.

En el año 1988 se publicó un estudio (“Economics of Switching Fluorescent Lamps”, IEEE Transactions on Industry Applications Vol. 24, Nº 3, mayo/junio 1988) en el que se nos da una fórmula que mide la duración de un fluorescente en función del número de horas que esté encendido cada vez que lo ponemos en marcha. La fórmula, no se me asusten, es la siguiente:

ecuacion-fluorescentes.jpg

Veámoslo en una gráfica:

fluorescentes-s.jpg

Podemos apreciar que cuanto más tiempo permanezca funcionando el fluorescente entre encendido y encendido, más horas durará en funcionamiento (también gastará más, claro, en electricidad). Un fluorescente que encendamos y apaguemos una vez cada cada 24 horas durará encendido un 60% más que uno que encendamos y apaguemos una vez cada 3 horas. Esto quiere decir que, según esta ecuación, encender un fluorescente acorta su vida en un 0,008%. Tomándonos estos datos con mucha precaución, echemos unas cuentas:

En esta tabla podemos ver que el coste de una bombilla de bajo consumo es de 1€ cada 1000 horas (la Cegasa dura 3000 horas y cuesta 3€, la Osram dura 15.000 horas y cuesta 16,5€, la Philips cuesta 5,77€ y dura 6000 horas…)

Al encender una bombilla, le estamos restando un 0,0083% de vida útil a la misma, por lo que si la bombilla durase 1000 horas le estaríamos quitando (redondeando) 5 minutos de vida. ¿Y cuánto cuestan 5 minutos de bombilla, si 1000 horas cuestan 1€? Pues una sencilla regla de tres nos saca del apuro: 0,000083€.

Ahora, sabiendo lo que nos gastamos en bombillas, y sabiendo lo que nos gastamos en electricidad (más o menos 10 céntimos por kW·h), hagamos el calculillo final. Nos hallamos en la cocina. Hay un tubo de 20W en el techo, encendido. Planeamos volver en 10 minutos. ¿Lo apagamos o no? Hace falta ser friki para plantearse estas cuestiones, pero CPI no duda de la elevada calidad personal de los lectores que le honran con su visita, por lo que supongamos que realmente nos lo planteamos.

Si nos vamos y dejamos la luz encendida 10 minutos, habremos gastado 10 minutos de vida de la bombilla y 10 minutos de electricidad. Si apagamos y volvemos a encender a los 10 minutos, sólo habremos gastado 5 minutos de vida de la bombilla a causa del encendido, y 0 minutos de electricidad (estaba apagada). Claramente, hay que apagar las luces.

Pero compliquemos un poco el asunto. El cálculo anterior vale para una bombilla de 1000 horas. Si la bombilla dura 3000 horas, consumiremos 15 minutos de vida de la bombilla (si dura el triple, nos comemos el triple de tiempo de vida al encenderla, ya que la fórmula en que nos basamos nos habla de porcentajes).

Ahora la duda está en lo siguiente: ¿Qué cuesta más: 10 minutos de bombilla y 10 de electricidad o 15 minutos de bombilla?

Haciendo el calculillo:

10 minutos de bombilla= 0,00016€
10 minutos de electricidad a 20W y 10 céntimos el kW·h= 0,00033€
Total: 0,00049€

15 minutos de bombilla=0,00024€

Seguimos ahorrando (¡mitad de precio!) si apagamos al irnos de la habitación.

Este punto 2 de la leyenda urbana, estimados lectores, está sujeto a muchas variaciones. La gráfica de duraciones de antes es del año 88. Desde entonces, estoy seguro de que las bombillas son más eficientes y se desgastan menos con cada encendido. Hay bastante incertidumbre en los datos que hemos usado. El punto en el que empieza a ser rentable apagar o dejar encendido depende de demasiados factores (tipo de bombilla, tipo de cebador, tarifa eléctrica, tiempo de duración nominal de la bombilla…). La misma página de donde saqué la ecuación dice que el tiempo de corte (a partir del cual es mejor apagar la luz fluorescente) es de 15-20 minutos, a lo mejor debido a que ellos ponen la electricidad a menos de la mitad de precio que nosotros. He encontrado por la Red todo tipo de datos, desde 5 hasta 30 minutos, pero la cifra exacta cambia para cada instalación eléctrica. Sabemos que hay un punto de corte, pero es muy difícil precisarlo. Pocos minutos.

Sin embargo, el punto 1 es incuestionable. Si es por consumo eléctrico, SIEMPRE es más barato apagar un fluorescente al salir de la habitación que dejarlo encendido, salvo en intervalos de unos pocos segundos. Como ésa es la leyenda urbana que yo más he escuchado (la que sólo habla del consumo, no del desgaste), queda derruida :)

Actualización 2: Más, en el Forum. ¡Gracias, Pipistrellum!

Actualización 3: Gorka, un amable lector, nos ha mandado un archivo Excel que, en función de la vida útil de la bombilla, el precio de la electricidad y el tiempo que vamos a estar fuera de la habitación, nos dice si debemos apagar o no al salir. Pueden descargarlo de aquí [.xls, 20 KB] (¡Gracias, Gorka!).

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