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Desmitificación de creencias enquistadas en el saber popular. Que no, que no por oírlo mil veces nos vamos a convencer sin pruebas de que es cierto…

10 de marzo de 2007

 [Libro] Tened miedo… (2007-07)


Título: Tened miedo… Mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror
Autor: Jan Harold Brunvand
Tema: Ensayo, Leyendas urbanas
Editorial: Debols!llo (Random House Mondadori)
Páginas: 308
ISBN: 84-8346-093-9 (Vol. 574/2)
Idioma: Castellano
Traductor: Manu Berástegui

Como bien saben nuestros lectores, las leyendas urbanas nos parecen muy interesantes en CPI. Desde aquel maravilloso episodio de autoengaño colectivo que sufrimos en España con lo de la niña y la mermelada y el perro y Ricky Martin, mucha más gente tuvo la oportunidad de acercarse a lo que significa una leyenda urbana. ¿Quién no ha oído hablar de la historia de la autoestopista que al llegar a un curva dice “cuidado con esta curva porque aquí me maté yo” y va y desaparece? Hay miles de historias que todos hemos oído contar y que muchas veces nos las cuenta alguien que de verdad se cree que ha pasado (me remito a Ricky Martin. A mí hubo gente que me contó la historia jurándome que la había visto con sus propios ojos, cosa que, obviamente, era imposible, pues no ocurrió). Hablando de esta leyenda de la mermelada (otros dicen que Nocilla), debe saberse que varios años antes la leyenda ya corrió por los USA, en un programa similar al Sorpresa, Sorpresa, sustituyendo el condimento por mantequilla de cacahuete. No hay nada nuevo bajo el sol.

Bueno, pues este libro habla de este tipo de historias, pero centrándose en las más terroríficas y gore. Muchas ya las he oído o leído.

Lo bueno de estos libros no son las leyendas urbanas en sí, sino el análisis y la comparativa que hace el recopilador sobre ellas. Que si la historia de la canguro que no vigila bien a los niños ya existía en 1920, que si esta otra deriva claramente de una leyenda medieval que sustituye un coche de caballos por un deportivo biplaza… Los libros de leyendas urbanas suelen sacarle a uno bastantes creencias de la cabeza y demuestran lo poco originales que son los correos en cadena que dicen que Microsoft donará 7 céntimos a un niño sordomudomancociego de Osetia del Norte por cada vez que reenvíes el mensaje.

En este libro se echa de menos el análisis del folclorista o recopilador de las leyendas. Hace muy breves comentarios al principio de cada capítulo, diciendo cómo las leyendas llegaron hasta él, y poco más. Nos deja con ganas de saber más cosas. Además, a veces nos clava completas varias versiones de página y pico de la misma leyenda, en vez de poner una versión y sintetizar las diferencias de las demás. Me gustaron mucho más los libros de leyendas urbanas de Antonio Ortí y Josep Sampere, “Leyendas urbanas en España”, o uno de este mismo autor, más detallado, “El fabuloso libro de las leyendas urbanas”. Como lectura es entretenido, pero poco más. Los hay mejores, lo garantizo.

Mi nota: Discretito.

Categorías: Leyendas urbanas, Libros, Sociedad | Hay 17 comentarios »

7 de marzo de 2007

 Consultorio CPI: teclados numéricos

NOTA: Me escriben desde el alojamiento web de CPI que están teniendo problemas (espero que no sean de “CPU Quota exceeded”) y que se está retrasando un pelín la migración a un servidor mejor. Prometen tenerme informado al minuto, cosa que de momento hacen: este minuto no ha pasado nada. Este otro minuto tampoco. Nada que contar para este nuevo minuto… Dejemos que nos sorprenda la desconexión, pues será para bien. Hala.

Nevermind nos pregunta:

Hola, ¿qué tal?. Primero de todo, felicitarte por esta página web tan adictiva.

Ahí va mi pregunta: ¿por qué razón los números del teléfono van de arriba abajo mientras que en la calculadora, los números se disponen de abajo arriba?

Sé que esta pregunta es muy idiota, pero llevo tiempo busándo la respuesta y nadie ha sido capaz de contestarme…. a lo mejor tú lo sabes por casualidad….¡¡¡GRACIAS!!!

Ante todo, reitero que no hay preguntas idiotas, nevermind. El gustirrinín que da averiguar cosas muchas veces no está relacionado con la importancia de éstas en el orden mundial.

Y hablando de lo nuestro, aquí nos han hecho un trabajo previo. Hay un libro, altamente recomendable, que se llama “Los imponderables de la vida” (Life’s imponderables ). Está sólo en inglés, por lo que yo sé, pero da un montón de respuestas a preguntas totalmente CPI (¡durante casi 800 páginas!). Buscando las frases del libro en Google llegué a una página estupenda que tiene copiada la respuesta de mi libro, junto con alguna más. De ella he sacado la información para redactar este articulillo.

El caso es que consultando esta(s) fuente(s) de conocimientos CCPII averiguamos que la respuesta no está del todo determinada. Hay varias hipótesis, pero ninguna de ellas tiene el consenso general. Vamos a dar un paseo por la ergonomía:

Se ha dicho alguna vez que cuando salieron los primeros teléfonos de pulsos, los fabricantes invirtieron el orden de teclas que ya había en las calculadoras para que el marcado tuviera que ser más lento y así no se bloquearan las centralitas (o los aparatos). Esta hipótesis se parece mucho a otra hipótesis acerca del origen del teclado qwerty (de la que hablaremos en breve). Nadie la toma como favorita hoy en día, porque ha sido desmentida por varios empleados de la Bell Telephone Company que participaron en el desarrollo del teléfono de teclas.

Las calculadoras electrónicas y los teléfonos de pulsos aparecieron al mismo tiempo, a principios de los 60. Ya entonces las claculadoras traían la línea 1 2 3 abajo y los teléfonos arriba. Ambos aparatos derivaban de prototipos anteriores que tenían la misma disposición (o sea, que ya desde el principio las calculadoras y los teléfonos tenían las teclas colocadas al revés. Ninguno de los dos las cambió sobre la marcha).

Las calculadoras derivan de las cajas registradoras mecánicas. Estas cajas registradoras tenían cien teclas en ocasiones. De niño, recuerdo haber visto alguna de esas cajas tripudas y llenas, llenísimas de botones. La primera fila contenía los números del 9 al 0 de arriba abajo. La siguiente fila iba del 90 al 00, la siguiente del 900 al 000… Ya entonces los números pequeños estaban abajo (como ahora). ¿Por qué las primeras cajas registradoras tenían el uno abajo y el 9 arriba? Ahí se pierde la pista.

En cambio, los teléfonos de teclas derivan de los teléfonos de disco. En los teléfonos de disco, como espero que todos nuestros lectores recuerden (si hay alguno que no se acuerda de los discos de los teléfonos o de los discos de vinilo, entonces es que realmente nos hacemos mayores), el número 1 estaba arriba a la derecha. Poner el 1 a la derecha en el teclado de un teléfono no tenía mucho sentido, pues los que lo diseñaron (y en general todo el mundo occidental) leían de izquierda a derecha y no al revés. Asi que se dejó el 1 arriba, pero cambiándolo a la izquierda, disposición que se ha mantenido. ¿Por qué los teléfonos de disco tenían el 1 arriba a la derecha? También perdemos la pista.

Actualización: Pamplina (¡gracias!) nos ayuda con una estupenda explicación acerca de la posición del 1 en los teléfonos de disco:

Por otra parte, respondo a la pregunta que deja Remo en el aire de “¿Por qué los teléfonos de disco tenían el 1 arriba a la derecha?”. No olvidemos que esos discos funcionaban haciendo “microcortes” en la línea, mediante una ruedecita que giraba en el interior al mismo tiempo que el disco: un pulso para el 1, dos para el 2 y así hasta 10 pulsos para el 0. De hecho un truco muy curioso que te dejaba como un “genio” de la telefonía ante los amigos era marcar un número pulsando repetidamente la palanquita donde se colgaba el teléfono, como si de un telégrafo se tratara. Pues bien, dando por sentado que en un mundo de diestros el giro debía ser de izquierda a derecha, el “1″ necesariamente tenía que estar a la derecha en la posición más cercana al tope, para que así produjera un único pulso en su corto recorrido. El “0″ estaba en el extremo izquierdo para que el recorrido largo permitiera dar 10 vueltas a la ruedecita interior.

Fin de la actualización

La historia a la que se le concede mayor probabilidad de verosimilitud cuenta que los ingenieros de los laboratorios Bell, a la hora de diseñar el teclado de los nuevos teléfonos de teclas, llamaron a algunos fabricantes de calculadoras para preguntar por qué tenían los números al revés, cuando los estudios que elllos habían llevado a cabo parecían indicar era mejor tener el 1 arriba. Sorprendidos, constataron que ningún fabricante de calculadoras se había parado a estudiar la disposición de los números y su utilidad. Simplemente mantenían la disposición “de siempre”, con el 123 abajo.

Este estudio de la Bell sobre la mejor disposición de las teclas puede verse aquí [.pdf, 630 kB]. Es impresionante el estudio que le dedicaron a la disposición, tacto y resistencia de las teclas. Muy currado y muy ingenieril (es un elogio, en serio). Y debo reconocer que entretenido de leer, aunque sólo para los que padecemos cierto tipo concreto de disfuncionalidades y amor por el conocimiento CPI.

Les entresaco la imagen más explícita del documento (clic para ampliar). Se probaron un montón de disposiciones de teclados para un teléfono, y se tuvieron en cuenta tanto las preferencias de los usuarios como los tiempos medios de marcado para una serie aleatoria de números de teléfono:

Fíjense en nuestro teclado habitual de calculadora, el I-A, y en nuestro teclado habitual de teléfono, el IV-A. Éste último tiene un asterisco, lo que significa que los tiempos de marcado eran notablemente inferiores a los del resto de las disposiciones. El I-A pasó sin pena ni gloria. El favorito de los usuarios era el VI-B y el mejor, parece, era el I-C, parecido al original de los teléfonos de disco, pues simultáneamente se tardaba menos en marcar y se cometían menos errores de marcado. Pero prevaleció el IV-A.

Como dato CPI añadido, diremos que cuando llegaron los cajeros automáticos se decidió seguir el esquema del teléfono en lugar del de la calculadora, y cuando llegaron los teclados numéricos de los ordenadores se decidió seguir el esquema de la calculadora en lugar de el del teléfono.

Así que no podemos dar una respuesta definitiva a esta pregunta, estimados lectores, pero al menos nos hemos dado una vueltecilla por los orígenes de esta tecnología. Espero que hayan disfrutado del paseo.

Categorías: Ciencia, Consultorio CPI, Ingeniería, Leyendas urbanas | Hay 58 comentarios »

15 de enero de 2007

 Tubos fluorescentes

Actualización. Corrijo mi metedura de pata. Este artículo debería ser en realidad un Consultorio CPI. Víctor nos mandó esta pregunta hace un tiempo, pero se me pasó moverla a la carpeta de consultorio. No es desprecio, Víctor, es descuido. Ya lo dice la vieja frase: “No atribuyas a la maldad lo que puede explicar la estupidez“. La consulta de Víctor iba centrando el tema:

Comentando con mi novia me dijo que su compañera de piso no quería apagar la luz de la cocina, ya que sostenía que gastaba más si continuamente se apagaba y se encendía…

Esto ya lo he escuchado yo en mi casa (y creo que casi todos en todas las casas), pero… cuanto tiempo compensa? ¿Cómo calcularlo? Si vas a entrar en la cocina en 5 minutos supongo que no hay que apagarla, pero… ¿Y si tardo 30 minutos? ¿Y 1 hora? ¿Y toda la noche? ¿Cómo calculo el coste inicial del “arranque” de la bombilla?

Gracias por anticipado

Pues eso, Víctor, que mis más sinceras disculpas. Va por ti.

Fin de la actualización

El otro día, en Menéame, apareció una noticia que remitía a otra en consumer.es. En ella se dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Si hay que ausentarse de una habitación en la que hay encendido una fluorescente, durante un período de tiempo inferior a 15 ó 20 minutos, no será conveniente apagarla. Esto es así porque éstas lámparas tienen un mayor consumo durante el encendido que el gasto de energía que supone mantenerlas sin apagar en espacios de tiempo cortos.

He oído esta afirmación muchísimas veces. Y siempre me chocaba. Muchísimo. Así que me puse a “investigar”. Y, en efecto, estimados lectores, se trata de una leyenda urbana. Con matices, pero una leyenda urbana. Hay dos aspectos importantes que hay que diferenciar (ruego a mis lectores versados en electrotecnia que me echen una mano si ven que meto la pata. Gracias por adelantado):

1.- “El fluorescente gasta lo mismo durante el encendido que al funcionar durante varios minutos”. Es FALSA
2.- “Si encendemos y apagamos muchas veces el fluorescente, se reducirá su vida útil, y tendremos que cambiarlo antes. Por tanto, encender y apagar poco el fluorescente alarga su vida y nos ahorra dinero”. Es OPINABLE.

1.- Empecemos por la primera. El consumo de un fluorescente, en efecto, es superior durante el encendido que durante el uso normal. Es, como mucho, unas cinco veces superior. O sea, que si tenemos un fluorescente de 15W, durante el encendido podremos gastar unos 75W. Pero la pregunta importante es ¿Cuánto tiempo dura el encendido? ¿Un segundo? ¿Dos segundos? Pues entonces, encender un fluorescente cuesta lo mismo, en términos de energía, que tenerlo encendido 10 segundos. O sea, que si uno se va de la habitación durante menos de 10 segundos, debe dejarlo encendido. Pero si va a estar fuera más de 10 segundos, hay que apagarlo. En el caso de las bombillas fluorescentes, éstas son aún más eficientes que los tubos largos, por lo que este tiempo se reduce aún más (1-2 segundos como máximo en vez de 10, pues las bombillas de bajo consumo se encienden muy rápidamente). Eso en cuanto a consumo energético. La leyenda urbana es flagrante aquí.

2.- Ahora vayamos a por los matices. Es cierto que encender y apagar un fluorescente disminuye su vida útil, ya que se desgasta el cebador, el propio tubo o, en menor medida, otros elementos. Por tanto, si los encendemos y apagamos muchas veces, habrá que cambiarlos antes, lo cual supone gastarse más dinero en comprar unnuevo fluorescente que el dinero consumido por el fluorescente en electricidad al dejarlo encendido. Aquí los cálculos son más difíciles, porque cada fluorescente es distinto. Y, sobre todo, es difícil medir cuánto acorta la vida útil de un fluorescente el mero hecho de encenderlo. Aviso a navegantes, entramos en el terreno de la indefinición.

En el año 1988 se publicó un estudio (“Economics of Switching Fluorescent Lamps”, IEEE Transactions on Industry Applications Vol. 24, Nº 3, mayo/junio 1988) en el que se nos da una fórmula que mide la duración de un fluorescente en función del número de horas que esté encendido cada vez que lo ponemos en marcha. La fórmula, no se me asusten, es la siguiente:

ecuacion-fluorescentes.jpg

Veámoslo en una gráfica:

fluorescentes-s.jpg

Podemos apreciar que cuanto más tiempo permanezca funcionando el fluorescente entre encendido y encendido, más horas durará en funcionamiento (también gastará más, claro, en electricidad). Un fluorescente que encendamos y apaguemos una vez cada cada 24 horas durará encendido un 60% más que uno que encendamos y apaguemos una vez cada 3 horas. Esto quiere decir que, según esta ecuación, encender un fluorescente acorta su vida en un 0,008%. Tomándonos estos datos con mucha precaución, echemos unas cuentas:

En esta tabla podemos ver que el coste de una bombilla de bajo consumo es de 1€ cada 1000 horas (la Cegasa dura 3000 horas y cuesta 3€, la Osram dura 15.000 horas y cuesta 16,5€, la Philips cuesta 5,77€ y dura 6000 horas…)

Al encender una bombilla, le estamos restando un 0,0083% de vida útil a la misma, por lo que si la bombilla durase 1000 horas le estaríamos quitando (redondeando) 5 minutos de vida. ¿Y cuánto cuestan 5 minutos de bombilla, si 1000 horas cuestan 1€? Pues una sencilla regla de tres nos saca del apuro: 0,000083€.

Ahora, sabiendo lo que nos gastamos en bombillas, y sabiendo lo que nos gastamos en electricidad (más o menos 10 céntimos por kW·h), hagamos el calculillo final. Nos hallamos en la cocina. Hay un tubo de 20W en el techo, encendido. Planeamos volver en 10 minutos. ¿Lo apagamos o no? Hace falta ser friki para plantearse estas cuestiones, pero CPI no duda de la elevada calidad personal de los lectores que le honran con su visita, por lo que supongamos que realmente nos lo planteamos.

Si nos vamos y dejamos la luz encendida 10 minutos, habremos gastado 10 minutos de vida de la bombilla y 10 minutos de electricidad. Si apagamos y volvemos a encender a los 10 minutos, sólo habremos gastado 5 minutos de vida de la bombilla a causa del encendido, y 0 minutos de electricidad (estaba apagada). Claramente, hay que apagar las luces.

Pero compliquemos un poco el asunto. El cálculo anterior vale para una bombilla de 1000 horas. Si la bombilla dura 3000 horas, consumiremos 15 minutos de vida de la bombilla (si dura el triple, nos comemos el triple de tiempo de vida al encenderla, ya que la fórmula en que nos basamos nos habla de porcentajes).

Ahora la duda está en lo siguiente: ¿Qué cuesta más: 10 minutos de bombilla y 10 de electricidad o 15 minutos de bombilla?

Haciendo el calculillo:

10 minutos de bombilla= 0,00016€
10 minutos de electricidad a 20W y 10 céntimos el kW·h= 0,00033€
Total: 0,00049€

15 minutos de bombilla=0,00024€

Seguimos ahorrando (¡mitad de precio!) si apagamos al irnos de la habitación.

Este punto 2 de la leyenda urbana, estimados lectores, está sujeto a muchas variaciones. La gráfica de duraciones de antes es del año 88. Desde entonces, estoy seguro de que las bombillas son más eficientes y se desgastan menos con cada encendido. Hay bastante incertidumbre en los datos que hemos usado. El punto en el que empieza a ser rentable apagar o dejar encendido depende de demasiados factores (tipo de bombilla, tipo de cebador, tarifa eléctrica, tiempo de duración nominal de la bombilla…). La misma página de donde saqué la ecuación dice que el tiempo de corte (a partir del cual es mejor apagar la luz fluorescente) es de 15-20 minutos, a lo mejor debido a que ellos ponen la electricidad a menos de la mitad de precio que nosotros. He encontrado por la Red todo tipo de datos, desde 5 hasta 30 minutos, pero la cifra exacta cambia para cada instalación eléctrica. Sabemos que hay un punto de corte, pero es muy difícil precisarlo. Pocos minutos.

Sin embargo, el punto 1 es incuestionable. Si es por consumo eléctrico, SIEMPRE es más barato apagar un fluorescente al salir de la habitación que dejarlo encendido, salvo en intervalos de unos pocos segundos. Como ésa es la leyenda urbana que yo más he escuchado (la que sólo habla del consumo, no del desgaste), queda derruida :)

Actualización 2: Más, en el Forum. ¡Gracias, Pipistrellum!

Actualización 3: Gorka, un amable lector, nos ha mandado un archivo Excel que, en función de la vida útil de la bombilla, el precio de la electricidad y el tiempo que vamos a estar fuera de la habitación, nos dice si debemos apagar o no al salir. Pueden descargarlo de aquí [.xls, 20 KB] (¡Gracias, Gorka!).

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15 de diciembre de 2006

 El efecto mariposa

A raíz del comentario del libro Tiempos interesantes, vaya una disquisición sobre el Efecto Mariposa (el de verdad, no el de la peli). El enunciado más extendido de este efecto es “El aleteo de una mariposa en Brasil puede provocar un tornado en Texas”, aunque los lugares y la catástrofe natural suelen variar. La idea que quiere transmitir este principio es, dicen, que “pequeñas variaciones en un sistema caótico se pueden convertir al cabo del tiempo en grandes variaciones”. Esta segunda frase es indiscutible, pero la primera…

El efecto mariposa no existe. Sorprendente, estimados lectores. No existe tal y como lo solemos interpretar. El efecto mariposa lo planteó el meteorólogo Edward N. Lorenz, quien es considerado como el “descubridor” del caos, o al menos el primero que lo investigó como materia independiente. Pero lo planteó de aquella manera, no literalmente.

Lorenz trabajaba con un modelo de predicción climatológica basado en un sistema de ecuaciones diferenciales acopladas (lo que técnicamente se denomina un maldito follón). Cada poco tiempo, el ordenador imprimía unos valores para las variables temperatura, humedad y dirección del viento en un punto dado. Llegado un momento, Lorenz tuvo que suspender la simulación y, al reanudarla, introdujo valores que ya tenía impresos para que el ordenador lo retomara donde lo había dejado. Pero no introdujo los últimos que tenía, sino unos anteriores. Al cabo de un rato, las predicciones que hacía el ordenador no tenían nada que ver con las que él tenía impresas en la mano. Extrañado, empezó a investigar hasta darse cuenta de que al introducir de nuevo los datos, lo había hecho usando cinco decimales en vez de los seis que usaba el ordenador. Esta leve variación de los datos había hecho que las predicciones meteorológicas fuesen cada vez más distintas en las dos simulaciones.

En efecto, en sistemas complejos suele haber lo que se denomina “sensibilidad a las condiciones iniciales”. Una variación al principio hará que los datos del sistema (posición de un satélite en el Sistema Solar sometido a la atracción de más de un cuerpo, temperatura y humedad del aire en un punto dado…) se desvíen cada vez más de la predicción inicial, hasta que ambos sistemas no tengan nada que ver entre ellos.

La idea que Lorenz quería plantear es que si medimos con mucha exactitud las variables de un sistema caótico y a partir de ahí empezamos a hacer una predicción, entonces los factores que no hayamos medido (como, por ejemplo, el octavo decimal de todos los factores implicados), serán los responsables de que nuestro modelo empiece a alejar sus predicciones de la realidad. Encontró un ejemplo resultón con lo de las mariposas, pero ese ejemplo ha pasado a ser aceptado como verdad universal (y, sobre todo, literal), sin que el mismo Lorenz lo hubiera dicho con esa intención.

Para reforzar mi tesis, cito el artículo donde Lorenz planteaba esta cuestión. Las negritas, cursivas y smilies (si los hubiere) son míos. Esta cita proviene del muy recomendable libro “La esencia del caos”, de Lorenz:

Predictibilidad: ¿El aleteo de una mariposa en Brasil originó un tornado en Texas?

Por no parecer frívolo aunque sólo sea por plantear la pregunta que sirve de título, y menos aún por sugerir que podría tener respuesta afirmativa, permítanme colocarla en una adecuada perspectiva ofreciendo dos proposiciones.

1.- Si un único aleteo de una mariposa puede contribuir a generar un tornado, del mismo modo pueden hacerlo los aleteos anteriores y posteriores, como también pueden hacerlo los aleteos de otros millones de mariposas, por no mencionar las actividades de innumerables y más poderosas criaturas, incluyendo a las de nuestra propia especie.

2.- Si el aleteo de una mariposa puede contribuir a generar un tornado, igualmente puede prevenirlo.

De forma más general, estoy planteando que al cabo de los años las perturbaciones minúsculas no incrementan ni decrementan la frecuencia de diversos sucesos meteorológicos como los tornados; lo más que pueden hacer es modificar la secuencia en la que se dan estos sucesos. [...] Debemos, por tanto, dejar sin respuesta nuestra pregunta original durante unos años más, incluso aunque hagamos profesión de fe en la inestabilidad de la atmósfera. Mientras tanto, los errores actuales en la predicción meteorológica no pueden achacarse por entero ni en primer lugar a la estructura más fina de las pautas meteorológicas. Principalmente provienen de nuestra incapacidad de observar con suficiente comprensión incluso la estructura más gruesa [...]

¿Por qué el efecto “mariposa” y no el efecto “pedo de grillo”? Imagínense: El pedo de un grillo en Alaska puede provocar lluvia ácida en Sagunto. Ésa sí es una frase para citar en los bares. Pero Lorenz se inspiró en una cosa llamada el atractor del mapa de fases de sus ecuaciones, que es, más o menos y a grandes brochazos, la gráfica del sistema que estamos estudiando. En uno de los primeros sistemas caóticos que estudió, el atractor tenía esta pinta (clic para ampliar):

efecto-mariposa-s.jpg

Categorías: Ciencia, Física, Leyendas urbanas, Matemáticas | Hay 56 comentarios »

13 de noviembre de 2006

 Consultorio CPI: Cocinar con móviles

Marc, Roberto, nada menos que mi jefe y otros lectores nos envían esta leyenda urbana que ha estado circulando por los correos electrónicos:

MUY INTERESANTE
Necesitamos:
1 huevo y 2 móviles
65 minutos para llamar de un teléfono a otro.
Montamos algo parecido a lo de la imagen:
huevo-moviles-1.jpg
Iniciamos una llamada entre los 2 moviles y los dejamos por 65 minutos aprox…
los primeros 15 minutos no pasa nada……
a los 25 minutos el huevo comienza a calentarse….
a los 45 ya está caliente…..
y a los 65 ya estará cocinado
huevo-moviles-2.jpg
Conclusión: la radiación emitida por los moviles es capaz de modificar las proteínas del huevo… imaginate que puede hacer con las proteinas de nuestro cerebro cuando hablamos por movil……y ya no te digo nada de lo que pasa dentro de nuestro pantalón.

De entrada, podríamos decir que es falsa porque si fuera cierto ninguno de nosotros estaría aquí para contarlo o leerlo. Todos hemos tenido conversaciones de más de una hora y a nadie la ha hervido el cerebro.

Las radiaciones de los móviles están habitualmente entre las frecuencias de 850 y 1900 MHz o, lo que es lo mismo, 0,85 y 1,9 GHz (aunque las más usadas son las de 900 y 1800 MHz), lo que las encasilla entre ondas de radio y microondas. Aquí está la palabra mágica: ¡Dioses! ¡Si las microondas hacen hervir el agua, entonces como mi cerebro tiene mucha, podría pasarme lo mismo que al huevo! Ante todo, las microondas de nuestros hornos tienen una frecuencia de 2500 MHz (2,5 GHz), que es la que excita los estados rotacionales de las moléculas de agua (otro día hablamos de microondas).

Es muy importante también hacer notar que la potencia emitida cuenta, además de la frecuencia en la que se emite. Un móvil emite menos de 1 W (vatio) de potencia por su antena. Al cabo de una hora de funcionamiento, habrá emitido el equivalente a un horno microondas funcionando durante cuatro segundos. Importante detalle, ¿no? Piensen que aunque 4 segundos de microondas puedan parecerles peligrosos,

a) El teléfono no emite toda la radiación hacia nuestra cabeza. Al menos la mitad se va para el otro lado.
b) No es lo mismo comerse un kilo de chocolate en una hora que en una semana. El tiempo de transferencia de la energía es muy importante. Nuestro cuerpo disipa calor estupendamente.

Se han hecho decenas de investigaciones sobre la influencia de los teléfonos móviles sobre la salud de sus usuarios. Hasta ahora, ninguno ha obtenido confirmación. Esto no significa que no pueda haber consecuencias. Lo que significa es que si las hay, son demasiado pequeñas como para ser detectadas en estudios de población. Unos efectos como los que propugna esta leyenda urbana habrían sido detectados rápidamente, ¿no creen?

Un último dato para enviar esta leyenda por el desagüe (que es la frase que se corta al final del vídeo): Aquí pueden ver una entrevista con el inventor original de la leyenda urbana. Él mismo se sorprendió de que hubiera tanta gente que se lo creyera.

Como no parecían suficientes las palabras, CPI ha hecho un trabajo de investigación que a continuación les mostramos. El vídeo es una tontería que grabamos ayer, pero queda constancia de que alguien (siempre en aras de la ciencia) se ha dedicado a comprobar esta leyenda urbana. Hubo algún problema técnico durante la ejecución del experimento (el maldito huevo se salió de la goma y la llamada se cortó hacia el final. Hubo que volver a llamar), pero al final todos los estándares del experimento propuesto se han cumplido. Vean ustedes mismos el resultado. Dos teléfonos, 65 minutos, un huevo. Documental científico en estado puro.

Enlace al vídeo en Youtube


Nota: CPI agradece a las tarifas de céntimo el minuto la posibilidad de realizar este experimento sin quebranto económico.

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