Título: Cuestiones curiosas de ciencia Autor: Scientific American (Ed.) Tema: Divulgación científica Editorial: Alianza Páginas: 270 ISBN: 978-84-206-6051-6 Idioma: Español Traductora: Dulcinea Otero-Piñeiro
Otro estupendo libro a cuyo espíritu se apuntó CPI. Un montón de lectores mandan preguntas a la revista Scientific American (en español, Investigación y Ciencia), donde cada pregunta es respondida por un especialista en la materia (a veces, incluso, por el premio Nobel cuya investigación respondió a la pregunta formulada).
Hay unas cuantas preguntas, muchas, que son realmente interesantes: ¿Cómo se mide el peso de un planeta? ¿Cómo sobreviven los delfines y las ballenas si se pasan el día bebiendo agua salada? ¿Por qué muchos perros y gatos aparecen con los ojos azules o verdes en las fotos con flash, en vez de rojos? ¿Cómo conseguía levantarse el T. Rex con esas patitas delanteras tan pequeñas? ¿Cómo se produce una resaca? ¿Por qué marea leer en el coche? ¿Por qué no hay cáncer de corazón? ¿Por qué en ocasiones el arco iris se ve más grande que en otras?
Es un libro muy cortito pero muy aprovechable. El único defecto que le veo es que a veces las respuestas son demasiado cortas, dejándonos con ganas de más o, en un par de ocasiones, simplificando demasiado. Ejemplo: El cielo es azul porque absorbe más el rojo, igual que el agua del mar. Uf. En Malaciencia Alf lo hizo mucho mejor al explicarlo: El color del cielo en Malaciencia.
En cualquier caso, cualquier libro que comparta el espíritu CPI me parece bueno, aquí reconozco que no soy imparcial. El hecho de que muchas preguntas dispares tengan respuestas basadas en lo que la humanidad ha ido observando a lo largo de la historia me parece increíble. Einstein ya lo dijo mejor:
Lo más incomprensible del Universo es que sea comprensible.
Título: El Universo en una cáscara de nuez Autor: Stephen Hawking Tema: Divulgación científica, Física Editorial: Círculo de lectores (también en Editorial Planeta – Crítica) Páginas: 216 ISBN: 84-226-9313-5 Idioma: Español Traductor: David Jou
Decir que Stephen Hawking es uno de los mejores físicos del siglo XX no es dar una gran noticia. Su gran capacidad, unida a la enfermedad que le ató a una silla cuando aún era joven (Esclerosis lateral amiotrófica, o la enfermedad de Lou Gehrig, llamada así por un jugador de béisbol), le han convertido en un icono.
Hawking se ha dedicado a intentar unir la Relatividad y la Mecánica cuántica. Ha publicado muchísimo y suyo es el mérito de la formulación del primer efecto medible (aunque aún no hayamos podido medirlo) que predice la gravedad cuántica, la desconocida teoría que une la gravitación de Einstein y la mecánica cuántica. Hablo, claro está, de la radiación de Hawking. En este libro el autor e refiere a esta radiación: “es una pena que esta radiación sea demasiado débil como para medirla desde la Tierra, porque en el momento en que se descubriera me darían el premio Nobel”. Genio y figura.
El libro comienza describiendo la Relatividad y la física cuántica. Paseamos por la vida de Einstein y sus principales descubrimientos. A partir de aquí, despídanse de la simplicidad. Los siguientes capítulos nos llevan a conocer la teoría de supercuerdas, o, más bien, las teorías de supercuerdas. Hay cinco teorías que en principio parecen independientes, pero se ha demostrado que las cinco son casos extremos (en los que se ha hecho una suposición simplificadora) de una única teoría, llamada Teoría M. El simple planteamiento de esta teoría sin usar matemáticas es un reto, que tengo pendiente desde hace tiempo (lo sé, lo sé).
Esquema de los cinco sabores de la teoría M y la supergravedad (gravedad cuántica)
Hawking repasa las posibilidades científicas del viaje en el tiempo, con jocosos comentarios sobre si estos viajes ya se han descubierto y los gobiernos mundiales nos lo ocultan. Hawking nos habla del tiempo imaginario, concepto realmente difícil de comprender, y de sus implicaciones. También se mete en mayores honduras y nos habla de los Universos holográficos, en los que en cada parte del Universo se contiene la información del resto. Por último, entramos en el estudio de la Historia del Universo según la teoría de branas (o membranas, según el traductor). Las branas son una generalización de las supercuerdas, de altísima dificultad teórica, que producen algunos resultados sobre el posible origen del Universo.
Hay partes muy difíciles, lo cual implica que éste no es un libro de esparcimiento sino de lectura tranquila y reposada. Hawking no es uno de mis divulgadores favoritos, lo reconozco, pero aún así el libro es muy interesante.
Una de mis partes favoritas, de los primeros capítulos. Cito no textualmente:
Hace unos años se hizo un experimento para verificar la Relatividad de Einstein. Según ésta, para un observador que se mueva más rápido que otro, el tiempo pasará más despacio. Se hizo volar a dos aviones en sentidos opuestos. Uno de ellos iba a favor de la rotación terrestre, con lo que iba más rápido que el otro, que iba en contra de la rotación terrestre. Cada avión llevaba un preciso reloj atómico que estaba sincronizado con el otro antes del despegue. Cuando ambos aviones aterrizaron, horas después, se pudo comprobar que, en efecto, el reloj que viajó a favor de la rotación terrestre estaba levísimamente retrasado con respecto al otro.
Esto quiere decir que si viajásemos muy rápidamente en avión durante toda nuestra vida conseguiríamos vivir más. Sin embargo, el pequeño incremento en nuestro tiempo de vida causado por este movimiento se vería de sobras compensado por el hecho de tener que alimentarnos siempre con la comida que sirven en los aviones.
El libro está maravillosamente ilustrado. Hay muchas imágenes 3D por ordenador en las que el texto se apoya y que son muy ilustrativas. Es, para mi gusto, uno de los principales puntos a favor del libro. Como ejemplo, cuando Hawking habla de que para medir los efectos cuánticos a muy pequeña escala necesitaríamos un acelerador de partículas increíblemente grande, la ilustración que acompaña es ésta:
Un acelerador de partículas del tamaño del Sistema Solar
Ando con una entrega de una parte de proyecto, trabajando unas 16 horas al día. Cualquiera que haya tenido un CDR de ingeniería sabe de lo que hablo. La semana que viene creo que podré ver de nuevo la luz del sol, pero de momento, y ya que hablamos del Sol, les dejo con una imagen que me ha impresionado.
Un cometa llamado Encke pulula tranquilamente por el Sistema Solar, sin meterse con nadie y sin amenazar con destruir la vida en la Tierrra [aunque sobre esto hay opiniones]. De repente, el Sol, que ha tenido una cena de isótopos pesados, se tira un eructillo y el cometa sufre las consecuencias:
Hola, me gusta mucho vuestro blog, con vuestro permiso lo he enlazado al mío, quería preguntar sobre las consecuencias sobre las personas del vacío, nuestra fuente de información sobre este tema son las pinículas sci-fi, pero claro, cada una da una versión distinta del tema. Por ejemplo en Atmósfera Cero a la gente le explota la cabeza, ¿por qué? ¿no deberían explotarles los pulmones?, en Desafío Total también les sucede algo extraño en la cabeza aunque no recuerdo si les llega a estallar o no y se les salen los ojos, finalmente en Horizonte Final uno de los astronautas también sale al espacio y sufre secuelas menos aparatosas aunque bastante graves, esta ultima casi parece la mas realista, pero no estoy seguro.
Creo que adquirir este conocimiento cumple perfectamente con el titulo de vuestra página, aunque quien sabe, quizás consiga terminar el rayo de vacío que estoy construyendo .
Saludos
En efecto, Dani, no es recomendable en absoluto salir en pelotas al Espacio (a no ser que se haga para tirarse un pedo y darnos un artículo )
Añadiendo a tu lista de películas, en una de James Bond meten a un tipo en una cámara de vacío y hacen bajar la presión hasta que el pobre estalla. En el otro lado del marcador de errores, Isaac Asimov, el gran Isaac Asimov, contaba en una de sus novelas de Lucky Starr, el Ranger del Espacio (gran serie de novelas) cómo era posible quitarse el casco de astronauta en Marte, durante unos segundos. Creo que una vez más gana Asimov.
Los peligros en el Espacio no son demasiados, pero son suficientes para no intentarlo en casa :
A)La exposición a la radiación. Si el astronauta sale y le está dando el sol de lleno, recibirá una buena dosis de rayos ultravioleta, X y gamma, a cual más dañino. En unos pocos segundos es difícil que sufra daños permanentes, sin embargo. La radiación es uno de los problemas gordos para las misiones tripuladas a Marte, en las que como mínimo los astronautas estarán un par de años sufriendo protonazos solares.
B) El frío. El Espacio está frío, y mucho. Si consiguiéramos estar perfectamente aislados del Sol y otras estrellas, la temperatura estará muy cerca de los 3 Kelvin, es decir, unos 270 grados centígrados bajo cero. Eso es mucho frío. Sin embargo, para un astronauta no significa la congelación inmediata, porque lo que te mata por congelación no es el frío que hace fuera sino el calor que tú pierdes. Y en el Espacio sólo hay una manera de perder calor: por radiación. Todo cuerpo a una temperatura por encima del cero absoluto emite fotones. Los fotones los asociamos a la luz, pero si un fotón tiene menos energía dejaremos de verlo. Los fotones que emitimos por radiación están en la banda del infrarrojo. El caso es que en la Tierra, si sales desnudo a la calle en un día invernal estarás perdiendo calor de tres formas distintas: por radiación, por conducción (el aire frío te quita calor “por contacto) (véase comentario de Omalaled) y por convección (el aire que calientas se va hacia arriba y llega aire frío a sustituirlo, que te enfría más). En el Espacio sólo uno de esos mecanismos está en funcionamiento. Además, el vacío es un gran aislante térmico, como bien saben los fabricantes de termos y de ventanas dobles con rotura del puente térmico. Es obvio que tarde o temprano (más tarde que temprano) la temperatura del astronauta bajará por debajo del umbral de la vida, pero antes de que eso ocurra se habrá muerto de otras cosas.
C) La ausencia de presión. Aquí llega lo duro. Si nos bajan la presión a cero, moriremos rápidamente. Rápidamente son un par de minutos, y la causa de la muerte será, sorprendentemente, la asfixia. Al bajar la presión a cero pasan varias cosas:
1.- El aire que tengamos en los pulmones saldrá disparado por nuestra boca. Si cometemos el error de contener la respiración nos causaremos daños en los delicadísimos tejidos pulmonares. Aunque no lleguen a explotar, los pulmones sufrirán desgarros. Todo buceador sabe que no debe contener la respiración mientras sube hacia la superficie. Pues esto es lo mismo, pero menos grave. La sobrepresión del aire en nuestros pulmones comparada con la del vacío (que es de una atmósfera) es la misma que la que tiene un buceador a diez metros de profundidad comparado con la superficie. Un buceador que ascienda desde doce metros (nada poco habitual, creo yo) conteniendo la respiración sufrirá más daños pulmonares que un astronauta lanzado al Espacio, si ninguno de los dos expulsa el aire de sus pulmones. No prueben ninguna de las dos, estimados lectores.
2.- La sangre NO hierve. Sí, todo líquido lanzado al Espacio hierve, pero la sangre está metida dentro de las arterias y venas y a una presión que oscila entre los 75 y los 120 mmHg (milímetros de mercurio: una atmósfera son 760 mmHg) por encima de la presión normal de una atmósfera (véase comentario de Ñita). A esa presión, la temperatura de ebullición del agua está en 46ºC, muy por encima de la que pueda alcanzar nuestro cuerpo (unos 37ºC), por lo que no habrá ebullición. Sí que herviría, por ejemplo, la saliva que tuviésemos en nuestra lengua o la lágrima que recubre nuestras córneas. Pero herviría a 37ºC, que es la temperatura a la que estaban. No nos quemarían al hervir.
3.- Los oídos nos harán ¡pop!. Si tenemos las trompas de Eustaquio taponadas podemos sufrir un desgarro del tímpano (desgarro que sería hacia fuera, no hacia dentro).
4.- El cuerpo NO explota. Sí es cierto que los gases internos se expanden y los líquidos perfunden los tejidos (edemas), pero nuestra piel es muy resistente a la tensión. Nos inflaríamos, pero no reventaríamos. Durante un vuelo en globo aerostático hasta las capas superiores de la atmósfera para batir el récord mundial de salto en paracaídas, a Joe Kittinger se le estropeó el sistema de presurización de su guante derecho. La mano se le hinchó hasta alcanzar más o menos el doble de su volumen (a 31000 metros la presión es una minúscula fracción de la que hay a nivel de tierra, y podríamos decir que sufrió una exposición de su mano al vacío), pero no reventó. Un par de horas después de su aterrizaje, la mano estaba perfecta de nuevo. En el centro espacial Johnson, en 1965, mientras se probaba la resistencia de los trajes al vacío, un empleado de la NASA se quedó encerrado en la cámara de vacío. La presión llegó a bajar hasta 1 psi (libra por pulgada cuadrada, más o menos seis centésimas de atmósfera). El accidentado perdió el conocimiento en unos 15 segundos, y recuerda que lo último que notó fue cómo la saliva hervía en su boca. A los 20 segundos se comenzó a subir de nuevo la presión de la cámara y el accidentado recuperó espontáneamente la consciencia. No le quedaron secuelas.
Salto desde 31.300 metros. Ahí es nada
El salto pueden verlo en este vídeo musical que nos apunta TheOm3ga (¡gracias!). Impresionante:
5.- Al bajar la presión, los gases disueltos en la sangre dejarán de estarlo, pues la solubilidad de un gas en un líquido aumenta con la presión. Esos gases formarán burbujas que pueden causarnos una trombosis, y también causarán mucho dolor en las articulaciones. Los buceadores también conocen a fondo este efecto. Sin embargo, tarda algo más en ocurrir de lo que tardaríamos en perder el conocimiento por falta de oxígeno.
Así que si lanzas un astronauta desnudo al Espacio y lo recuperas antes de un minuto, muy probablemente no le pasará nada irreversible. El principal problema al que se enfrenta es la falta de oxígeno en el cerebro (anoxia).
Como siempre que me interno por terra incognita, ruego ayuda para correcciones/ampliaciones de nuestros amigos buceadores y médicos. Gracias por adelantado.
Nota: Justo antes de darle al botón de publicar encuentro que Sergio ya ha tratado este mismo tema de forma magistral en su estupendo blog. Además, las fuentes de información que hemos usado son parecidas. Dígolo por si les interesa ver otro enfoque del mismo tema.
Nota 2: Como bien me recuerdan en los comentarios, también se habló del tema en el Foro CPI.
Título: El cálculo de Dios Autor: Robert J. Sawyer Tema: Ficción científica Editorial: Ediciones B (byblos) Páginas: 394 ISBN: 978-84-666-3276-8 Idioma: Español Traductor: Pedro Jorge Romero
Este libro, que me prestó DrimeR (¡gracias mil!), es extraño. No extraño, sino diferente. Es un libro de ciencia ficción dura, pero en el que lo más importante parecen ser las emociones y las controversias éticas de los protagonistas. El comienzo es supremo:
Lo sé, lo sé; parecía una locura que los alienígenas hubiesen venido a Toronto. Vale, la ciudad es popular entre los turistas, pero uno pensaría que un ser de otro mundo iría directamente a las Naciones Unidas… O quizás a Washington. ¿En la película de Robert Wise Ultimátum a la Tierra no iba Klaatu directamente a Washington?
En efecto, unos extraterrestres, sospechosamente parecidos a los humanos en cuanto a su forma de pensar y razonar, llegan a la Tierra buscando a un paleontólogo. Quieren que les informe de la historia fósil de la Tierra, para comprobar que también aquí ha habido cinco grandes extinciones como en todos los mundos que han visitado. A Thomas Jericho, paleontólogo jefe del Royal Museum of Ontario, le toca la papeleta.
El libro está muy bien escrito, se lee muy rápido y engancha. El cogollo del libro se presenta cuando los alienígenas le dicen al Dr. Jericho que es obvio que existe Dios, y que todos ellos creen en él. Jericho considera que como científico su misión es ser ateo, a falta de otras pruebas. Esto sucede cuando llevamos pocas páginas, por lo que no les estoy desvelando mucho. El libro narra las idas y venidas intelectuales del alienígena con el humano, mientras se ponen al día de los últimos cientos de millones de años de sus respectivos planetas y otras cosas suceden alrededor. Se nos presenta en todo su esplendor la falacia del Diseño Inteligente, a veces ridiculizada, a veces soltada para “que lo pensemos”. De vez en cuando el Dr. Jericho reflexiona sobre hechos científicos conocidos en la Tierra y nos regala algunos párrafos de divulgación que, la verdad, hacen subir de nivel al libro.
El libro, reitero, está muy bien. Es cogerlo entre las manos y no poder parar. Es rápido y directo. Peca un poco de abuso de drogas alucinógenas hacia el final, pero todos sabemos lo difícil que es terminar bien una novela, sobre todo si ésta empieza con un puñado de seres de ocho patas aterrizando en la puerta delantera de un museo canadiense. El meollo principal son los dilemas éticos del protagonista y las discusiones “fé y razón” sobre la existencia de un dios y de la representación que de él hacen las distintas razas galácticas. Al igual que Sagan planteó como una trama menor en su inmensa Contacto el debate constante entre la Dra. Ellie Arroway y el predicador, aquí los papeles son interpretados por el Dr. Jericho y Hollus, el alienígena que resulta luego ser la alienígena (sólo hay dos sexos en el tercer planeta de β Hydri).