Luis nos pregunta:
Primero felicitaros por el magnífico blog que escribís, la verdad son maravillosos e interesantes los artículos que redactáis. Si bien a modo de tirón de orejas, debo deciros que la estética del blog me parece bastante mejorable. [...]Tenía otra duda, surgida en una conversación de bar tras unas cervezas. ¡Nosotros la llamamos el efecto paracaídas!. La pregunta es si al desplegar un paracaídas (o si existe algún tipo de paracaídas) que al desplegarlo exista algún momento en que no descendamos o incluso podamos ascender aunque sea por una fracción mínima de tiempo. La idea reside en que al desplegar el paracaídas se pueda crear vacío en el volumen encerrado por éste, algo parecido a lo que ocurre al girar una balsa en el agua (la parte superior puede quedar con aire y no enteramente llena de agua). ¿Esta diferencia entre el vacío y el aire podría hacer que el paracaídas momentáneamente ascendiera?
Estimado Luis, gracias por tu pregunta. Debemos empezar diciendo que no. Los paracaídas nunca ascienden al desplegarse. Probablemente cause tu duda el haber visto vídeos de paracaidismo en los que la cámara la lleva otro paracaidista. Cuando el compañero abre el paracaídas, parece elevarse por encima del cámara a gran velocidad. La sensación que da al verlo es que el paracaidista asciende al desplegar su paracaídas. Como todos sabemos, no es más que una ilusión de movimiento relativo. Es el cámara el que sigue cayendo a gran velocidad mientras que el que ha abierto el paracaídas cae más despacio.
Para empezar, es imposible que se cree un vacío en el interior del paracaídas al desplegarse porque ¡el paracaídas lo despliega el aire que entra en su interior! No hay manera de conseguir un vacío dentro del paracaídas. Lo único que hace el paracaídas es frenar (más o menos bruscamente) la caída.
Pero vamos a intentar darte la razón. Supongamos que los correajes del paracaídas son marcadamente elásticos. En ese caso, cuando el paracaídas se abriera, el paracaidista seguiría cayendo durante unos breves instantes más rápidamente que la tela del paracaídas, mientras lo correajes se estiran como la goma de un tirachinas. Tras llegar a su máximo estiramiento, los correajes volverían a retraerse, de modo que el paracaidista sí podría subir una distancia corta (se quedaría oscilando, de hecho) mientras la tela del paracaídas desciende a velocidad más o menos constante.
Lo ilustramos con una imagen: la gráfica muestra la altura frente al tiempo. Fíjate en que la tela del paracaídas SIEMPRE baja, mientras que la carga del paracaídas tiene una leve –muy leve– oscilación, que incluye una pequeña ganancia de altura en un momento dado entre los 3 y los 4 segundos tras la apertura, debido a la elasticidad de los correajes.
Creo que no era a esto a lo que te referías cuando hacías tu pregunta, pero ya ves que sí es posible conseguir algo relativamente parecido a un ascenso al abrir el paracaídas (aunque, repito, el conjunto nunca gana altura).
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Los Green Rabbits nos preguntan:
Hola!,
Nos encontramos con vuestro blog casi de casualidad. Una noche mientras jugabamos al “trivia para dummies” nos topamos con una pregunta un tanto extraña, literalmente: “El pulmón de un pez puede vivir al menos 13 años fuera del agua, ¿verdadero o falso?” Misteriosamente la respuesta era VERDADERO. Ya por curiosidad, a la mañana siguiente nos encaminamos en una búsqueda por Internet. No dimos respuesta a nuestras dudas pero nos encontramos con vuestra página. Nos gustaría saber la verdad de todo esto. Nos cuesta creer que un pulmón de pez pueda vivir fuera del agua y mucho más que pueda durar hasta 13 años!! La verdad sea dicha, nuestra ignorancia llega mucho más lejos…¿los peces tienen pulmones?
Atentamente…
The Green Rabbits
Gracias
Me temo que nos hallamos ante otra estupenda metedura de pata del Trivial (sí, en tiempos yo también lo idolatraba, pero…) “El pulmón de un pez” es una mala traducción de “Pez pulmonado” (lungfish en inglés, literalmente “pez pulmón”) o dipnoo, nombre científico de estos animalitos. Hay seis especies vivas de dipnoos, cuatro en África, una en Suramérica y otra en Australia. Cuando se les seca el charco en el que viven, pueden respirar aire directamente, pues tienen un pulmón bien desarrollado. Incluso hay algunos que pueden aguantar meses y meses, mientras hacen una especie de hibernación. Leyendo por ahí veo que algunos de los africanos se hacen incluso una especie de crisálida, donde pueden aguantar hasta dos años sin nadar (ni comer). Los peces pulmonados australianos viven todo el tiempo que sea necesario fuera del agua, mientras puedan estar húmedos (o sea, pueden vivir mientras haya un charquito cerca donde remojarse, aunque no puedan meterse en él). Hay páginas por ahí que dicen que duran hasta 5 años así, para luego seguir con su vida, o sea que deben de vivir apreciablememente más de 5 años. En otra página, de acuariófilos, hay un estupendo reportaje sobre estos peces pulmonados, que dice que “son eternos”, en su página 4. Sin llegar a exagerar, parece que a lo mejor sí que podrían alcanzar los 13 años de vida. Y esa debía de ser la intención de la pregunta original del Trivial. No he encontrado en ningún sitio explícitamente lo de los 13 años; si algún zoólogo/veterinario amigo nos puede dar una pista de la longevidad de los peces pulmonados lo agradeceremos mucho. Pero el veredicto es claro: el Trivial, nuevamente, se equivoca. Y esta vez en un fallo clamoroso de traducción (probablemente del inglés). La pregunta, correctamente formulada, quedaría “Un pez pulmonado puede vivir hasta 13 años fuera del agua. ¿Verdadero o falso?”
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Una historia clásica de George Gamow (1904 – 1968) nos cuenta que siendo Gamow coautor de un trabajo con Ralph Alpher, uno de sus estudiantes de doctorado, hizo autor honorario a Hans Bethe para que los créditos se pudieran leer como “Alpher, Bethe y Gamow” (en comparación con las letras griegas alfa, beta y gamma). De hecho, el artículo se conoce hoy como “el artículo αβγ” (the αβγ paper, por si lo buscan en inglés por ahí). Parte de los cálculos de una simulación los hizo R.C. Herman, quien, según cuenta Gamow en su libro La creación del Universo (altamente recomendable), se negó obstinadamente a cambiar su apellido por el de Delter para ese artículo. Gamow tenía detalles geniales.
El artículo hacía una serie de cálculos en los que, partiendo de la base de que el Big Bang había exisitido, se obtenían con bastante exactitud las cantidades relativas de hidrógeno y helio que hoy podemos observar en el Universo. El artículo no acertaba a explicar cómo se formaban los elementos más pesados, cosa que haría después Bethe.
Lo que es más divertido aún es que antes de ese artículo Hans Bethe no se había dedicado a la nucleosíntesis del Big Bang, cosa que haría a partir de entonces. Aprovecho para recordar la estupenda anécdota de Bethe y su novia, que contaba el gran Feynman, y que ya contamos en CPI en La soledad del físico de fondo.
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Hoy es el día del libro. Para conmemorarlo, les ofrecemos una CPIada estupenda sobre libros y astronomía, que seguro que muchos lectores conocen, pero que no deja de tener su interés.
Cervantes y Shakespeare, reconocidos como dos de los autores más grandes de la literatura universal, murieron el mismo día pero no murieron el mismo día. Ambos fallecieron el 23 de abril de 1616 (Cervantes falleció la noche del 22 al 23, nos tomamos la licencia de decir que fue el 23). Sin embargo, Cervantes falleció 10 días antes que Shakespeare. Esto se debe a que en 1582 en España entró el calendario gregoriano, que ajustó el desfase entre el calendario juliano y el año trópico. En España se pasó del 4 de octubre de 1582 al 15 de octubre. ¡Se inventó el viaje en el tiempo! En Inglaterra este cambio no entró en vigor hasta 1752. Por tanto, aunque en sus respectivos países ambos murieron el mismo día, Cervantes le llevaba 10 días de ventaja a Shakespeare.
Como dato CPI adicional, Shakespeare murió el día de su cumpleaños. Había nacido el 23 de abril de 1564.
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La entrada sobre el premio Ig®Nobel de Dinámica de fluidos (sí, sí, el de los cálculos de presión en el interior de un pingüino cuando se pone a, ejem, ir al baño) me hizo recordar hace tiempo una greguería del genial Ramón:
Pingüino es una palabra atacada por las moscas.
Ramón Gómez de la Serna,
Greguerías.
Y ya que salió la primera, debo recomendar a los lectores que no conozcan al genial Ramón la lectura completa de sus graguerías. Las greguerías son metáforas, son símiles, son evocaciones de parecidos sorprendentes en la naturaleza. Muchas tienen carácter humorístico, otras son simplemente bellas. El propio Ramón las definía con una ecuación (¡Eso ayuda a que nos caiga tan bien!):
Metáfora + humor = Greguería
Les pongo aquí una selección, pero hay libros completos de ellas. Imprescindible
El agua se suelta el pelo en las cascadas.
Los tornillos son clavos peinados con la raya al medio.
La P es una señora pechugona.
La B es una P embarazada.
La F es el grifo del abecedario.
La W es la M haciendo la plancha.
La X es la silla de tijera del alfabeto.
La sandalia es el bozal de los pies.
El sostén es el antifaz de los senos.
El trueno es un baúl que cae por las escaleras del cielo.
El violín colgado parece un pollo asado.
El león tiene en la punta de la cola la brocha de afeitar.
La morcilla es un chorizo lúgubre.
Los ríos no saben su nombre.
Los haikai son telegramas poéticos.
Carterista: caballero de la mano en el pecho… de otro.
El cometa es una estrella a la que se le ha deshecho el moño.
El arcoiris es la cinta que se pone la naturaleza después de haberse lavado la cabeza.
Las flores que no huelen son flores mudas.
Al calvo le sirve el peine para hacerse cosquillas paralelas.
El primer sonajero y el hisopo final se parecen demasiado.
Lo más maravilloso de la espiga es lo bien hecha que tiene la trenza.
El musgo es el peluquín de las piedras.
El tapón del champán es como una bala fracasada.
En el papel de lija está el mapa del desierto.
Entre los carriles de la vía del tren crecen las flores suicidas.
El apuntador es el eco antes que la palabra.
No hay nada que enfríe más las manos que el saber que nos hemos olvidado los guantes.
En la noche helada cicatrizan todos los charcos.
El gong es un platillo viudo.
Después de comer alcachofas el agua tiene un sabor azul.
En los hilos del telégrafo quedan, cuando llueve, unas lágrimas que ponen tristes los telegramas.
Las estrellas telegrafían temblores.
El camello lleva a cuestas el horizonte y su montañita.
Las croquetas debían tener hueso, para que pudiésemos llevar la cuenta de las que comemos.
Hay un momento en que el astrónomo, debajo del gran telescopio, se convierte en microbio del microscopio de la luna que se asoma a observarle.
Lo único que comen las puertas son esas nueces que las damos a partir.
Las gaviotas nacieron de los pañuelos que dicen ¡adiós! en los puertos.
Es conmovedor en las óperas ver que cuando lloriquea la que canta todo el coro la consuela.
–Tráigame una botella de agua con agujeritos.
–¡Ah! –dijo el mozo–. Ya sé… De esa agua con calambre que sabe a pie dormido.
Lo más difícil de digerir en un banquete es la pata de la mesa que nos ha tocado en suerte.
Hay tanta gente alrededor de la jaula de los monos que parece que dan conferencias.
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